miércoles, agosto 13, 2008

HOMOSEXUALIDAD Y PERVERSION, DESDE LA PERSPECTIVA DEL PSICOANALISIS Y EL GENERO


Sujetos: “Ni la homo ni la heterosexualidad son estructuras psicopa-tológicas específicas, y pueden hallarse en sujetos neuróticos, psicóticos, perversos”.

Por Irene Meler *

Suscita divergencias la sinonimia que en ocasiones se realiza entre homosexualidad y perversión. Las categorías a las que recurrimos cuando se trata de realizar un diagnóstico no constituyen el verdadero foco del debate actual. A lo sumo, existen variantes entre los psicoanalistas que asignan gran importancia a la definición de un diagnóstico unitario y otros que consideramos que coexisten diversas corrientes psíquicas en un mismo sujeto y que, aunque una de ellas adquiera hegemonía en determinado período de la vida, esta situación puede eventualmente modificarse.


Para evitar generalizaciones abusivas, es necesario aclarar que los analistas que trabajan con el enfoque de género no constituyen un colectivo homogéneo. Por el contrario, se trata de un campo muy amplio donde pueden encontrarse distintas líneas de pensamiento. Lo que sigue, por lo tanto, sólo representa lo que hasta el momento me es posible pensar, en función de mi experiencia clínica y del marco teórico con el que trabajo.

La homosexualidad, ¿configura una estructura psicopatológica específica? Mi respuesta a esa pregunta es negativa. La elección homosexual de objeto se encuentra en sujetos neuróticos, psicóticos, perversos y caracteriales. Lo mismo sucede con la elección heterosexual. Por supuesto que existen determinantes que permiten comprender ese desenlace subjetivo para cada caso, pero no es legítimo realizar una unificación de los homosexuales en una categoría específica.

El deseo homosexual subyace en las psicosis, como Freud (1911) comprobó en su estudio sobre el caso Schreber, y lo contrario también resulta cierto. En estos casos, es verosímil vincular la elección homosexual con una retracción de las investiduras libidinales sobre el sí mismo. Los traumas experimentados en las relaciones con los objetos favorecen dirigir el amor hacia el self, y el semejante del mismo sexo representa en esos casos un doble narcisista.

También es necesario evaluar en qué medida el repudio social hacia la homosexualidad, que comenzó en el Medioevo (Meler, 2000), contribuye a la génesis de los sentimientos de culpa y a la creación de formaciones delirantes. Sabemos que en muchos delirios paranoides el enfermo escucha voces que lo acusan de homosexual. Aquí se percibe que el malestar de los sujetos surge no sólo por los destinos que logran dar a las pulsiones en función de las defensas que implementan sino que debemos asignar una eficacia en la producción de patologías a la ley vigente en cada período de la historia humana.

El diagnóstico de perversión no se obtiene a partir del tipo de elección de objeto (del mismo sexo) sino de la estrategia mental que el sujeto despliega en sus vínculos. Si encontramos fijeza, la sujeción de la excitación erótica a un guión inamovible, seducción del partenaire a través de satisfacer su deseo de forma mimética, con el fin de inducirlo a brindar un tipo de satisfacción específica y prefijada y la aparición de odio destructivo cuando esta condición no se cumple, podemos pensar que estamos ante una personalidad perversa (Dorey, 1986). El semejante es desconocido en su alteridad e instrumentado de forma reificante.

Muchos homosexuales no se ajustan a esa descripción, ya que son capaces de mantener vínculos emocionales afectuosos, establecer lazos de solidaridad y experimentar empatía. En cambio, existen heterosexuales que presentan esa modalidad vincular, por ejemplo, los que cometen estafas emocionales, coleccionistas de aventuras eróticas que suelen ser considerados como exponentes de la virilidad heterosexual convencional.

Otros homosexuales son neuróticos y hoy existe cierto acuerdo acerca de que eso es lo mejor que le puede ocurrir a un sujeto. Esto sucede debido a que se ha extendido un cierto escepticismo acerca del concepto de saludmental, que en la actualidad es más un ideal normativo que un estado comprobable.

Una autora que trabaja desde la perspectiva psicoanalítica de género es Louise Kaplan (1994). Se refiere a lo que denomina “estrategia perversa” del siguiente modo: “Es el uso, por parte de uno u otro estereotipo social de la masculinidad y la feminidad, de una estrategia mental que engaña al espectador sobre los significados inconscientes de la conducta que observa”.

Caracteriza a las perversiones por su encarnizamiento y fijeza, en lo que coincide con la descripción que realiza Joyce Mac Dougall (1982). Si la persona no cede a su inclinación, aparece la angustia, la depresión o la psicosis. Los varones apaciguan sus angustias mediante el “sexo loco”. Las mujeres emplean otro tipo de engaños. Una perversión es una estrategia psicológica, que exige una ejecución actuada para ayudar al sujeto a sobrevivir con una sensación de triunfo sobre los traumas de su infancia. Revive estos acontecimientos traumáticos de forma disfrazada, con el fin de controlar afectos abrumadores. Agrega que, en una compulsión, la persona siente que hace “algo bueno” mientras que en la perversión, siente que hace “algo malo”. Sin embargo experimenta elación y orgullo, y no tiene conciencia de su vergüenza y angustia. La sensación de transgresión es necesaria porque, al centrarse en esos sentimientos penosos, el perverso controla las humillaciones y terrores que fueron centrales en sus traumas infantiles. Las perversiones se originan, en última instancia, en las restricciones impuestas al deseo humano.

La autora considera que el sistema de géneros es el caldo de cultivo de la perversión, y que la estereotipia mediante la que se satisface la sexualidad en esos casos permite cumplir con algún imperativo genérico que restaura el sentimiento de sí y la autoestima.A esta altura del desarrollo, podemos recurrir a un aporte de los Gay & Lesbian Studies, la obra de Judith Butler (1993). Los académicos/as homosexuales, cansados de ser sólo objetos de estudio, han tomado la palabra y sus contribuciones resultan en muchos casos respetables y esclarecedoras. Si renunciamos a la ilusión positivista de obtener un conocimiento verdadero desde una perspectiva neutral, comprenderemos que la teorización que realizan a partir de su experiencia de vida es legítima y presenta interés.

El planteo de Butler se inspira en la obra de Michel Foucault, que intenta articular con su lectura del discurso psicoanalítico. Aclara que el constructivismo no implica el supuesto de que los sujetos asumen su género de forma voluntaria y contingente, como parecen creer algunos lectores apresurados. Por el contrario, la subjetividad se estructura en una matriz genérica que preexiste al sujeto. Sin embargo, en todas las épocas, existen quienes no presentan una coherencia absoluta entre su sexo, género, práctica sexual y deseo. El orden simbólico vigente ha contribuido a gestarlos del mismo modo en que lo ha hecho en el caso de los sujetos “normales”. Simplemente ocupan una periferia necesaria, donde, desde un estatuto “abyecto”, o sea denigrado y expulsado de la pertenencia al cuerpo social, contribuyen a la consagración de quienes ocupan el centro.

Butler plantea una modificación del orden simbólico, que no es concebido como inmutable sino como una producción histórica, que por lo tanto es posible transformar. La cuestión es: ¿cómo los sujetos conservan alguna agencia en un contexto simbólico que los ha construido como tales? Aquí surge el concepto de “citacionalidad”, que alude a la práctica de citar autores para avalar el propio discurso. La legitimidad en esos casos pareciera estar asentada en una tradición, pero es en realidad el mismo acto de citar lo que constituye una y otra vez la legalidad que lo sostiene. Las modificaciones no se realizan desde una imposibleexterioridad del sujeto con respecto al orden de representaciones colectivas sino que se trata de ir citando con leves modificaciones, de modo que el horizonte simbólico se amplíe y pueda advenir a una transformación.

No se trata de reemplazar la legalidad por la transgresión arbitraria sino de ampliar el marco normativo vigente en nuestro orden simbólico, con el fin de rescatar a la subjetividad de los homosexuales de su ubicación en una posición marginal y descalificada. Esta tendencia infiltra análisis pretendidamente objetivos y no debe ser reemplazada por una postura irreflexiva de signo contrario, como la que proponen algunos teóricos del movimiento gay que parecen objetar cualquier estudio acerca de la elección de objeto homosexual, considerándolo a priori como prejuicioso y psicopatologizante. Lo que resulta aceptable es considerar que toda elección objetal es susceptible de ser deconstruida, y que el amor heterosexual no implica garantía alguna respecto de un estilo vincular perverso.Quienes trabajamos en el campo de los estudios de género a partir de un análisis crítico del androcentrismo de los discursos psicoanalíticos clásicos, podemos recurrir a los aportes de los Gay & Lesbian Studies como contribuciones con las que no siempre acordamos en totalidad, pero que presentan el mérito de cuestionar nuestra perspectiva naturalizada y así ayudan a afinar nuestros criterios diagnósticos, una vez superada en lo posible la rémora de los prejuicios heterosexistas.

Se trata de cumplir con nuestro propósito de analizar, y la tarea de analistas no puede restringirse al trabajo con el discurso del paciente sino que también los discursos que nos han constituido como tales deben ser objeto de un análisis crítico, con el fin de aportar para su necesaria actualización.


Bibliografía

Butler, Judith: Bodies that matter. On the discursive limits of “sex”, Nueva York y Londres, Routledge, 1993.Dorey, Roger: “La relación de dominio”. International Review of Psychoanalysis, 1986,13, 323.Freud, Sigmund: “Sobre un caso de paranoia descripto autobiográficamente”, OC. T XII, Bs. As., Amorrortu, 1980.Kaplan, Louise: Perversiones femeninas. Las tentaciones de Ema Bovary, Bs. As., Paidós, 1994.Mac Dougall, Joyce: Alegato por cierta anormalidad, Barcelona, Petrel, 1982.Meler, Irene: “El ejercicio de la sexualidad en la posmodernidad. Fantasmas, prácticas y valores” en Psicoanálisis y género. Debates en el Foro, de Meler, I. y Tajer, D: (comps.) , Bs. As., Lugar Editorial, 2000.

* Coordinadora del Foro de Psicoanálisis y Género (APBA). Directora del Programa de Actualización en Psicoanálisis y Género (APBA).

martes, agosto 12, 2008

EFECTOS DEL DISCURSO HOMOFOBICO EN LA SUBJETIVIDAD DE GAYS Y LESBIANAS


Al tener un deseo reprobado socialmente, el sujeto debe ocultarlo, debe simular que es otra cosa lo que desea. Sabemos que todo sujeto tiene deseos que “debe” ocultar y otros tantos que reprime. Lo distintivo de este caso es la conformación de una categoría de persona a partir del deseo –manifiesto– de objeto homosexual. Deseo que estigmatiza a su poseedor y al mismo tiempo define, por oposición, a los que serán llamados “normales”.
Considero el “estigma” como un atributo que, en una sociedad dada, no forma parte de los considerados esperables y naturales en determinada categoría de sujeto, haciendo que el que lo posee adquiera el status de “diferente” y se genere un profundo efecto desacreditador sobre su persona (E. Goffman Estigma. La identidad deteriorada, Amorrortu, Buenos Aires). Dicho rasgo se impone a la atención por sobre el resto de sus atributos convirtiéndose en definitorio del sujeto.
Goffman diferencia entre el estigmatizado “desacreditado” y el “desacreditable”. Efectivamente, las circunstancias de los/as homosexuales cuyos atributos de imagen pertenecen a los que culturalmente se asocian con el sexo contrario –los varones “afeminados” y las mujeres “masculinas”– son distintas de las de aquellos/as cuyos atributos de imagen se corresponden con el género esperado socialmente. Los primeros son víctimas de portar un estigma visible, debiendo manejar situaciones sociales difíciles o de tensión. En el caso de los “tapados”, su condición de diferentes no es perceptible, no resulta evidente en el acto, pero pueden devenir desacreditados si sale a la luz, por lo cual deben hacer un manejo particular de la información referida a sí mismos y afrontar cierto monto de angustia frente a la posibilidad de ser descubiertos.
Goffman considera tres fenómenos producidos por el constante disimulo y autoencubrimiento: 1) el elevado nivel de ansiedad que ocasiona al sujeto llevar una vida que se “puede derrumbar en cualquier momento”, si el entorno descubre su estigma; 2) esto lleva a que la persona preste atención a situaciones y cosas que para otros pasarían desapercibidas; 3) el sujeto puede no sentirse totalmente parte cuando está en un entorno donde encubre su identidad, en especial en relación con la actitud que se tiene hacia las personas homosexuales.
Con mayor razón, si la internalización de la homofobia no resultó ni tan masiva ni tan “perfecta”, es probable que el sujeto se sienta impotente y despreciable, por no poder contestar a los dichos y actitudes ofensivas referidos a gays o lesbianas, más aún si considera peligroso no adherir a esas manifestaciones.
Así lo muestra Julio, de 26 años, estudiante avanzado de medicina, participante en un grupo de reflexión sobre estas cuestiones: “Ayer en el hospital, un compañero no quiso atender a un paciente enfermo de sida, pero no porque fuera ‘sidótico’; él otras veces había atendido a otros. Pero cuando se enteró de que el pibe era homosexual dijo que le daba asco, que no iba a atenderlo y que si tenía sida era porque se lo había buscado. Yo no sabía cómo reaccionar ni qué decirle, ninguno de mis compañeros o compañeras dijo nada; ante otras discriminaciones, hasta el mismo flaco hubiera saltado... Si yo decía algo, iba a quedar en evidencia: lo único que pude decirle fue que él era médico y debía actuar profesionalmente y dejar a un lado los sentimientos. Después me sentía mal por no haber podido contestarle con algo más, no haber podido jugarme con algo más fuerte”.
Vemos, entonces, que tanto en el caso de los “visibles” como en el de los “tapados” o “encubiertos”, el temor a ser agredidos o a recibir un trato “diferente” debido a “su estigma” puede producir que el sujeto se sienta inseguro en el contacto con gente considerada “normal” y reaccioneangustiándose a causa de un peligro “objetivo”. La posibilidad de ser agredidos tanto en los visibles como en los desacreditables, más la contingencia de ser “descubiertos”, para los segundos.En las relaciones interpersonales entre homosexuales, los que tienen apariencia o actitudes consideradas socialmente del sexo opuesto, que hemos llamado desacreditados, son pasibles de ser rechazados por aquellos cuya condición homosexual no es evidente.
Esta situación podría explicarse a través de suponer la internalización de la homofobia por parte de los/as propios/as homosexuales. Pero si además, como hemos visto, el sujeto desacreditable debe encubrir su condición de estigmatizado, se ve expuesto al “dime con quién andas...” y ha de evitar toda situación en que pueda ser visto con alguien en quien aquella condición sea evidente.
Chongos y maricas
Freud describe el superyó como una guarnición militar de la cultura situada en el interior del individuo. Para un sujeto criado en una sociedad homofóbica, una instancia en su interior discernirá como “malos”, y en consecuencia reprobables y condenables, acciones y/o pensamientos homoeróticos. El sujeto puede sentir culpa concientemente, llegando a ser intensa e hiperexpresa. Puede recurrir como defensa a la negación y la racionalización. Por ejemplo, algunos hombres se permiten un acercamiento a otros hombres siempre y cuando puedan mantener un “rol masculino”. Esta racionalización se apoya en el mito que sostiene que “homosexual es el pasivo”. Se la ha denominado defensa del rol de género. A pesar que esta postura es menos estereotipada que en el pasado, es relatada frecuentemente por gays del interior del país, sobre todo del norte, donde son muy frecuentes las relaciones entre “chongos” casados y “maricas”.
(En la jerga gay, los términos chongo o marica son asignados a determinado sujeto según sus atributos de imagen –masculinos o femeninos- y están asociados a un rol sexual –activo o pasivo, respectivamente–, en teoría, pero no necesariamente en los hechos, donde puede ocurrir que atributo de imagen y rol sexual no coincidan: el chongo puede tener todas las características asociadas culturalmente con la masculinidad y la virilidad, salvo en el momento del coito, donde adopta un rol receptivo. En no pocas situaciones, los “maricas” exageran sus características femeninas para seducir a esos hombres que sostienen la ilusión de ser “machos que cogen maricas”.)
En otros casos, en que no se manifiesta una negación de la identidad homosexual, la culpa puede estar referida preponderantemente a la receptividad en las relaciones sexuales y presentarse a través de dificultades en la dilatación o el goce anal durante el coito. Otra forma de negación (parcial) puede observarse en los casos en que el sujeto sólo puede tener relaciones sexuales desprovistas de afecto.Otra posibilidad es que el yo disfrace la culpa y la atribuya a otras causas (desplazamiento del afecto a otra representación): por ejemplo, llevar una vida sexual más o menos activa sin mayores conflictos aparentes, pero sentirse culpable por pequeñas situaciones insignificantes, que no tienen relación con el hecho.
El yo puede reprimir la penosa percepción de la crítica del superyó haciendo que el sentimiento de culpa permanezca inconsciente, pero que el sujeto realice actos que le acarreen sufrimiento o un castigo externo. En el primer caso, podría tener accidentes, o conformar parejas que terminen “mal” invariablemente, a la manera de una neurosis de destino; y en el segundo llevar a cabo actos que deriven en “agarrarlo con las manos en la masa” de forma tal de ser “castigado”.
Lo que le sucedió a Marta, de 24 años, puede ilustrar esto último. Después de varias relaciones sexuales con hombres y mujeres desde los 17 años, en las que nunca había tenido un orgasmo satisfactorio, a los 20conoció a Cecilia, con quien, luego de dos meses, tuvo su primera relación: “Nunca había gozado de esa forma, fue la primera vez que tuve orgasmos encadenados. Me sentía feliz, estaba re-enamorada de Cecilia... Pero, después de escribir en mi diario todo lo que sentía, no me acuerdo bien adónde tuve que ir y me lo olvidé arriba del escritorio: mi vieja lo vio, por supuesto lo leyó y, cuando volví, me armó un quilombo”.
Atentos a la sobredeterminación de los sucesos psíquicos, cabe aclarar que con los ejemplos presentados no se pretende plantear un esquema lineal causa-efecto, sino sólo ilustrar las hipótesis ensayadas. Tampoco debemos obviar la ganancia o beneficio secundario que muchos sujetos pueden obtener del estigma, atribuyéndole la culpa de males y padeceres que son efecto de otras razones, eludiendo así su propia responsabilidad y desimplicándose de lo que les acontece.